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¿Cómo procesan los perros el lenguaje humano?

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Los seres humanos llevamos muchos miles de años viviendo en estrecha convivencia con el perro, considerándolo un compañero capaz de ayudarnos en múltiples tareas (afortunadamente, actualmente lo vemos como algo más). Pero, para poder coordinarnos, primero necesitamos comunicarnos con ellos y que nos entiendan. Para ello, intentamos hacer lo mismo que para comunicarnos entre nosotros: les hablamos. Ellos nos atienden y nos escuchan, pero ¿nos entienden? ¿qué información son capaces de extraer de nuestras palabras? Como siempre, gracias a la investigación científica podemos aproximarnos a la respuesta a esas preguntas.

Al escuchar una grabación de voz de otra persona, además de entender el mensaje, un ser humano puede identificar su sexo, su edad aproximada, su estado emocional, la urgencia con la que habla… Somos capaces de captar lo que nos está diciendo (las palabras, las sílabas…) y también cómo nos lo está diciendo (con qué tono, la velocidad, la acentuación…) y usamos esta información para interpretar el mensaje.

Todos estos componentes del habla se procesan de forma asimétrica en nuestro cerebro: el hemisferio izquierdo se encarga del contenido segmental del habla, es decir, los fonemas que se combinan para formar palabras (lo que necesitamos para interpretar el significado literal del mensaje) y el hemisferio derecho del contenido suprasegmental, es decir, el ritmo y la entonación de las palabras entre otras cualidades (lo que necesitamos para interpretar su significado emocional y la identidad de quien nos lo transmite).

Muchos otros mamíferos, entre ellos los perros, tienen especializaciones en su hemisferio izquierdo a fin de interpretar la información que transmiten otros individuos de su especie con sus emisiones sonoras (por ejemplo los ladridos). Actualmente existe interés científico en saber si existe algún tipo de especialización en animales domésticos a la hora de interpretar los diversos componentes del habla humana.

Gracias a estudios previos, se sabe que el perro reconoce el habla humana como algo más que un mero sonido y la considera relevante para extraer información de ella. También se ha demostrado su capacidad de captar la información segmental fonémica (referencias 1, 2, 3, 4) y la suprasegmental prosódica (referencias 1, 2, 3) del habla humana. Lo que aún se desconoce es cómo procesan los perros esta información que captan de nosotros.

Para estudiarlo, Victoria F. Ratcliffe y David Reby de la Universidad de Sussex (Reino Unido), autores del reciente estudio “Asimetrías en la orientación en la respuesta del perro a los diferentes componentes comunicativos del habla humana” han realizado una serie de 10 test sobre 250 perros (123 hembras y 127 machos de 63 razas diferentes) basándose en el paradigma de la orientación de la cabeza.

Este paradigma, que ya se ha usado en estudios previos, supone que si el animal está usando su hemisferio izquierdo, girará la cabeza hacia la derecha, si está usando su hemisferio derecho la girará hacia la izquierda.

Resumen del estudio en inglés:

Los investigadores situaron a cada perro entre dos altavoces a una distancia de metro y medio para que el sonido entrara a la vez por cada oído y reprodujeron fragmentos del habla humana, como por ejemplo un comando conocido por el perro “come on then” (“vamos allá”), variando la relevancia de los distintos componentes de la comunicación para evaluar la respuesta de orientación del perro.

En todos aquellos test en los que existía información segmental (tenían significado para el perro al conservar los fonemas del comando inalterados o levemente modificados) aproximadamente un 80% de los perros giraron la cabeza hacia el lado derecho, lo que se corresponde con un procesamiento de esta información por parte del hemisferio izquierdo del cerebro, al igual que se ha comprobado que sucede en humanos.

Por el contrario, en los test en los que se eliminaba la información segmental y por tanto no tenían significado para el perro (fonemas alterados o cambiados, otro lenguaje) pero contenían información suprasegmental (bien referente al tono emocional o bien referente a las características propias del hablante) provocaron que, aproximadamente el 75% de los perros girara la cabeza hacia la izquierda, denotando un procesamiento por parte del hemisferio derecho, característica que también se ha determinado en humanos.

Cuando no se priorizaba ningún tipo de información (lo equiparable a un habla normal), no se identificó ninguna preferencia (el 50% de los perros giraron la cabeza hacia la derecha y el otro 50% hacia la izquierda).

Los investigadores concluyen que efectivamente los perros, como nosotros, procesan los diferentes componentes del habla humana en distintas partes del cerebro: la segmentaria con el hemisferio izquierdo y la suprasegmentaria con el derecho.

Estos hallazgos respaldan los resultados de los estudios anteriormente citados (en los que se ha demostrado, por ejemplo, que los perros pueden identificar si una voz humana corresponde a una mujer o a un hombre, o que reconocen nuestro tono de voz y actúan de forma distinta dependiendo de si usamos un tono informativo o imperativo).

Además también pueden relacionarse con los resultados de un estudio de neuroimagen publicado en marzo de este año llevado a cabo por Attila Andics (y otros, entre los cuales, Ádám Miklósi) en el que se compararon las imágenes de resonancia magnética correspondientes a las regiones sensibles a la voz del cerebro del perro y del ser humano.

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Copyright © 2014 Elsevier Inc

En este estudio comparativo, el primero llevado a cabo entre el ser humano y una especie no perteneciente a los primates, además de encontrar analogías funcionales en el córtex auditivo no primario de perros y humanos, se hallaron evidencias de la existencia en el cerebro canino de áreas sensibles tanto a la voz humana como a las vocalizaciones caninas (con preferencia por las de su propia especie, como es de esperar), pero, lo que es aún más interesante, se descubrió que, tanto en perros como humanos, se activaba la misma área del hemisferio derecho al escuchar sonidos vocales con carga emocional, siendo la activación mucho mayor cuando la carga emocional era positiva (ladridos de juego, risas humanas…).

Esta correspondencia entre perros y humanos a la hora de realizar este procesamiento diferencial puede estar reflejando una convergencia evolutiva: no en vano, en el proceso de domesticación y en la selección de las razas de utilidad, el ser humano ha favorecido la reproducción de aquellos perros que mejor respondían al lenguaje humano. Sin embargo, también podría deberse a que estas especializaciones existan como rasgo ancestral en mamíferos de diversas especies pero sólo se expresen cuando se les expone a señales comunicativas con significado.

De momento es prematuro afirmar nada al respecto, ya que es necesario obtener datos sobre el procesamiento del habla humana en otros animales domésticos y no domésticos, como los caballos y los lobos criados en cautividad y además, emplear otras técnicas (como la resonancia magnética) para delimitar las áreas específicas del cerebro canino relacionadas con el procesamiento del habla humana.

Por otro lado, teniendo en cuenta las conclusiones de los últimos estudios en comunicación acústica canina que afirman que los perros obtienen información en los ladridos de otros perros sobre su identidad y la urgencia e importancia de la causa del ladrido, sería interesante comprobar mediante el planteamiento de estos estudios qué hemisferio y áreas específicas del cerebro se activan cuando procesan este tipo de información en concreto.

Lo que sí podemos afirmar es que los perros nos prestan atención cuando les hablamos y analizan tanto lo que decimos como la manera en que lo decimos.

No sólo nos escuchan, sino que procesan nuestro discurso intentando reconocer aquellas palabras cuyo significado conocen (como los comandos que les hemos enseñado) y a la vez, extrayendo información de nuestra forma de hablar que pueden emplear para reconocer quienes somos, cuál es nuestro género, nuestro estado emocional…

Y, lo que es aún más fascinante, estamos descubriendo que todo esto lo hacen de forma muy similar a cómo lo hacemos los humanos con nuestro propio lenguaje.

Referencias:

– Ratcliffe et al.: Orienting Asymmetries in Dogs’ Responses to Different Communicatory Components of Human Speech Current Biology (2014)

– A. Andics et al.: Voice-sensitive regions in the dog and human brain are revealed by comparative fMRI. Current Biology (2014)

Concentración, atención y premios en el adiestramiento canino

Cuando nos conseguimos centrar totalmente en una tarea, enfocamos nuestra atención y desechamos automáticamente estímulos externos e internos irrelevantes, es decir, aquellos que no tienen que ver con dicha tarea. De hecho, cuando no queremos pasar por alto u olvidar algo necesitamos amplificarlo (hacerlo más brillante, más grande, subir el volumen, más intenso…). Como ejemplo podemos citar los post-it amarillos pegados en lugares bien a la vista para recordar cosas mientras estudiamos o los anuncios de neón/led en la carretera para que los percibamos mientras conducimos.

El cerebro (humano, canino, felino…) tiene una capacidad de procesamiento limitada y necesita enfocar sus recursos en la tarea que se está llevando a cabo, así, cuando nos vemos forzados a dividir nuestra atención tanto nuestro rendimiento como la sensibilidad de nuestros sentidos disminuye.

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Hugh con sus capacidades cognitivas saturadas de tanto estudiar

Para ilustrar esta cuestión podemos citar un estudio del año pasado (referencia al pie) centrado en evaluar cómo afecta el hecho de llevar a cabo otras actividades mientras se consumen alimentos a la percepción de su sabor. En este estudio se examinaron los efectos de la “carga de trabajo” (es decir, la dificultad de la tarea con respecto a su demanda de recursos cognitivos y memoria de trabajo) y la percepción sensorial (en este caso, el gusto).

Los participantes probaron sustancias amargas, dulces y saladas en diferente grado estando sometidos a “cargas de trabajo” distintas. Cuando los participantes realizaban el experimento estando sometidos a “cargas de trabajo” altas calificaron las sustancias como menos intensas, consumieron más y prefirieron los sabores más fuertes. Dichos resultados sugieren que el aumento de la “carga de trabajo” reduce la percepción del sabor al limitar la capacidad de atención, impidiendo una evaluación correcta de la intensidad del sabor y el ajuste del consumo al mismo.

Este hallazgo concuerda totalmente con la Teoría de la Carga Cognitiva (según Jonh C. Sweller, psicólogo educacional, la capacidad de memoria de trabajo es limitada, por lo que el aprendizaje mediante solución de problemas debe diseñarse de forma que se disminuya la carga cognitiva y se faciliten las tareas para que no se sature la capacidad de procesamiento).

En el mundo humano, esto implica que si comemos viendo la tele, mirando el facebook a través del móvil, en un restaurante de un centro comercial rodeados de otras tiendas y de mucha gente, o incluso, mientras pensamos en todo lo que tenemos que hacer en el trabajo… evaluamos peor el sabor de nuestros alimentos y tendemos a querer comer más y preferir sabores más intesos (más dulces, más salados…), con las consecuencias que ello tiene en la salud.

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Así cenamos muchas noches, aún trabajando. Foto: Matt Seppings

Hasta aquí hemos hablado de animales humanos, pero ¿cómo se relaciona todo esto con el adiestramiento canino?

En el adiestramiento canino, a menudo se emplean reforzadores más valiosos, más olorosos, más grandes, más sabrosos… que los reforzadores habituales para aumentar la motivación del perro cuando se trabaja en entornos difíciles en los que el nivel de distracción es alto. En el caso de los premios más sabrosos, lo que parece que sucede es que se compensa con un estímulo más intenso esa disminución en la percepción del sabor asociada a una menor capacidad de atención en su evaluación (ya que la atención del perro está dividida y su procesamiento cognitivo saturado). Sin embargo, reforzadores con un valor demasiado alto también pueden dificultar el aprendizaje ya que la motivación excesiva implica un estado emocional tan alterado que interfiere y perjudica la función cognitiva.

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¿Jamón o galletas? Bruma lo tiene claro… ¡le valen ambos!

Así pues, dado que la concentración y la atención intencional es vital para lograr un aprendizaje de calidad, un buen protocolo de enseñanza o de adiestramiento no puede basarse sólo en ajustar el valor del reforzador a la situación en la que se esté trabajando en ese momento, debe diseñarse y planificarse de forma que facilite el aprendizaje al perro disminuyendo la carga cognitiva.

En nuestra opinión, un buen protocolo debe, además, aprovechar todas las capacidades cognitivas del perro (mediante una estructuración en fases que ponga a prueba dichas capacidades), tener en cuenta el marco de aprendizaje (el dónde y el cuándo) y la técnica de enseñanza (el cómo) para facilitar el aprendizaje y no saturar las capacidades cognitivas del perro en concreto con el que trabajemos, de forma que ni su rendimiento disminuya ni activemos estrés y/o ansiedad.

Cuando se trabaja de forma estructurada y se prepara al perro con coherencia y suficiente volumen de entrenamiento previo, no necesita jamón Cinco Jotas para concentrarse en entornos difíciles llenos de distracciones…

Nota: Bruma, que fue recompensada con el pedazo de jamón serrano (del Mercadona, que no estamos para Jotas) tras la sesión de fotos, opina que pese a que a ella le basta con el refuerzo social cuando se le pide algo, a nadie le amarga un “salaíco” de vez en cuando 😉

– Referencia: Van der Wal, R. C., & van Dillen, L. F. (2013). Leaving a Flat Taste in Your Mouth Task Load Reduces Taste Perception. Psychological Science, 24, 1277–1284. 23722984

– Artículo relacionado: Attentional States, Sensory Sensitivity and High Value Treats (http://dogbehaviorscience.wordpress.com)